jueves, 28 de agosto de 2008

El calor y la mirada de Venus

(foto: eltamiz.com)
Este calor es sofocante, ahoga mi tráquea y perfora mis pulmones, reduce mis latidos y me condena a la quietud. Camino exhausto por la superficie árida y quemada. Miro al frente y no puedo distinguirte. Veo tu silueta, tus piernas, tus brazos y tu pelo. Vislumbro tu contorno pero tu rostro es borroso. Eres algo del pasado, y como una imagen pixelada, intento avanzar hacia ti, pero esta atmósfera es tan densa y pesada que no me permite acercarme velozmente; diríase más bien que nado a cámara lenta mientras tu sombra se diluye en el aire ácido, ardiente, cargado de toxicidad e impulsos eléctricos.

Necesito huir de aquí. Quiero verdor, frescura de prados y valles, nubes grises cargadas de agua. Sí, eso es, quiero lluvia y frío, anhelo el clima suave y aborrezco la hostilidad que me demuestra este desierto sin futuro.

Porque aquí todo es cruel y salvaje sol, todo es radiación de muerte y desprecio por los héroes del tiempo pasado.


Pero existe algo peor, y es este viento inservible e inútil que escolta al calor asfixiante y convierte las nubes caloríferas amarillentas en puñales que se clavan en la piel y rasgan mi cara y mis brazos.

Al menos, dadme un mar de meditación. Un mar nocturno donde sienta la brisa refrescante venida de las estrellas lejanas y quizás ya desaparecidas. Un mar donde pudiera descansar una luna, o un Saturno sin anillos.

Huid mientras podáis.

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